El Mundial de 2026 ya forma parte de la historia por algo más que por sus goles: fue el primero con 48 selecciones. Canadá, México y Estados Unidos compartieron la organización de un torneo de 104 partidos en 16 ciudades, disputado entre el 11 de junio —con el partido inaugural en el Estadio Azteca de Ciudad de México— y el 19 de julio, día de la final en Nueva York/Nueva Jersey. El formato, aprobado por el Consejo de la FIFA, cambió la arquitectura del campeonato de arriba abajo. Conviene entenderlo bien, porque ha venido para quedarse.
De 32 a 48: el salto en cifras
El formato clásico, vigente entre 1998 y 2022, reunía a 32 equipos y 64 partidos. El nuevo suma 16 selecciones y 40 partidos más, hasta los 104, a lo largo de 39 días de competición. La FIFA barajó inicialmente un diseño de 16 grupos de tres equipos, pero lo descartó en favor de uno que conserva los grupos de cuatro: cada selección juega tres partidos en la primera fase, como siempre, lo que mantiene el equilibrio competitivo y garantiza un mínimo de partidos a todos los participantes.
Doce grupos y los famosos terceros
Las 48 selecciones se repartieron en 12 grupos de cuatro, de la A a la L. Cada grupo disputó seis partidos, lo que eleva la fase de grupos a 72 encuentros, frente a los 48 del formato anterior. La gran novedad llegó al cierre de esa fase: no se clasificaron solo los dos primeros de cada grupo —24 equipos—, sino también los ocho mejores terceros, hasta completar 32 clasificados.
Comparar a los terceros de grupos distintos exigió una tabla paralela con sus propios criterios de desempate: en primer lugar, los puntos obtenidos; después, la diferencia de goles y los goles a favor. El efecto práctico fue que muy pocos partidos de la última jornada de grupos quedaron sin nada en juego: con ocho plazas extra en disputa, casi todos los terceros llegaron vivos al tramo final.
Dieciseisavos: la ronda que lo cambió todo
Con 32 equipos clasificados nació una eliminatoria inédita en los Mundiales: los dieciseisavos de final, a partido único, antes de los octavos de siempre. Desde ahí, el camino al título recorrió octavos, cuartos, semifinales, el partido por el tercer puesto y la final. La cuenta total de la fase eliminatoria fue de 32 partidos, que sumados a los 72 de grupos dan los 104 del torneo.
La consecuencia deportiva más clara: el campeón tuvo que ganar ocho partidos para levantar el trofeo, uno más que en el formato de 32 equipos. Más partidos significan más carga en un calendario ya saturado, un debate —el del equilibrio entre espectáculo, negocio y salud de los futbolistas— que acompañó al torneo desde su aprobación y que seguirá abierto en las próximas ediciones.
El salto de 64 a 104 partidos no es solo una cuestión de tamaño: es una ronda eliminatoria entera que antes no existía.
Lo que deja el nuevo formato
El balance estructural es doble. Por un lado, el Mundial se abrió a confederaciones y países que con 32 plazas quedaban sistemáticamente fuera: más banderas, más aficiones y más partidos con algo en juego hasta el final de los grupos. Por otro, la distancia entre las selecciones más fuertes y las más modestas se hizo más visible en algunos cruces, y la exigencia física alcanzó su techo histórico.
Con el formato ya probado en un torneo real, la discusión ya no es teórica. Los próximos debates de la FIFA —sorteo, sedes, calendario internacional— partirán de estas cifras: 48 equipos, 12 grupos, 104 partidos. Quien quiera entender el fútbol de selecciones de las próximas décadas tiene que empezar por esa aritmética.




