El Museo del Prado impone respeto antes de entrar: dos siglos de historia, miles de obras y nombres como Velázquez, Goya o el Bosco en las paredes. Pero una primera visita no necesita erudición, sino un plan. Con los datos prácticos claros y un recorrido corto bien elegido, el Prado se disfruta mucho más de lo que sugiere su tamaño. Esto es lo esencial, según la información oficial del propio museo.
Horarios y precios
El museo abre de lunes a sábado de 10:00 a 20:00, y los domingos y festivos de 10:00 a 19:00. Cierra tres días al año: el 1 de enero, el 1 de mayo y el 25 de diciembre. En jornadas señaladas como el 6 de enero o el 24 y el 31 de diciembre el horario se reduce, de 10:00 a 14:00. El último acceso se realiza 30 minutos antes del cierre, y las salas comienzan a desalojarse 10 minutos antes.
La entrada general cuesta 15 euros y la reducida, 7,50 euros —para mayores de 65 años, miembros de familias numerosas y titulares del carné joven, entre otros—. La entrada es gratuita para menores de 18 años, estudiantes hasta los 25 y otros colectivos recogidos en la normativa del museo. El billete da acceso tanto a la colección permanente como a las exposiciones temporales, y el acceso se organiza con pase horario para repartir la afluencia.
Cuándo ir gratis
La colección permanente puede visitarse sin pagar durante las dos últimas horas de cada jornada: de lunes a sábado, de 18:00 a 20:00, y los domingos y festivos, de 17:00 a 19:00. Es una ventana pensada para visitas cortas y concentradas; a cambio, suele concentrar más público y el tiempo vuela. Si es tu primera vez y solo dispones de esa franja, elige un único objetivo por planta y renuncia de antemano al resto: el Prado castiga la avaricia.
El recorrido de dos horas
El edificio principal es obra de Juan de Villanueva y el museo se inauguró en 1819. Una ruta razonable para estrenarse sube primero a Velázquez: Las Meninas es el cuadro-símbolo del museo y conviene verlo con calma, a ser posible a primera hora. Después, Goya —el artista más representado en la colección— con Los fusilamientos del 3 de mayo y La maja desnuda. Y, como contraste flamenco, El jardín de las delicias del Bosco y Las tres gracias de Rubens, sin olvidar a El Greco y su Caballero de la mano en el pecho.
Ese circuito cubre tres siglos de pintura europea en unas diez salas. Todo lo demás —y hay mucho: Tiziano, Rafael, Zurbarán, Murillo— puede esperar a la segunda visita, que es exactamente como deben plantearse los grandes museos: por entregas.
El Prado castiga la avaricia: diez salas bien miradas valen más que cien recorridas con prisa.
Antes de salir de casa
Las entradas pueden comprarse en las taquillas de la Puerta de Goya o por internet en la web oficial; quien compra en línea accede por la Puerta de los Jerónimos. En temporada alta, la compra anticipada ahorra la cola más larga. Y un truco de veterano: la colección está ampliamente digitalizada en la propia web del museo, con fichas de miles de obras, así que merece la pena llegar con las cinco o seis piezas elegidas de antemano.
Un último consejo de logística: el Prado está en pleno paseo del Arte, a pocos minutos de Atocha y del Retiro. Combinarlo el mismo día con otro museo grande es posible, pero raramente buena idea. El Prado, solo, ya es un día entero disfrazado de mañana.




